Ariakhas Stormreaver
Los torreones espigados de Naggarond recibían, mortecinos, las gotas de lluvia que el cielo plomizo descargaba insistentemente. Varios de los barrios más pobres se encontraban ya anegados y el subterfugio que la neblina proporcionaba era aprovechado por algunos señores de bajo rango para “dirimir sus pareceres”. Lejos, muy lejos de estos asuntos, un infausto cónclave permanecía reunido desde la luna pasada. Más ricos, más poderosos… el mismo proceder, adornado de retórica y palabrería inútil.
- ¡No podemos tolerarlo! – El rostro del joven noble enrojeció de ira.
- Vamos, ya hemos discutido ese estúpido asunto antes, no nos importunéis con vuestras insignificantes trifulcas – intervino otro noble druchii, cuya voz templada y melodiosa inundó la sala.
El lugar, uno de los múltiples salones del palacio, estaba profusamente decorado, como correspondía a una reunión de ese calibre y decenas de esclavos se deshacían en un vano esfuerzo de satisfacer a sus crueles amos. A la mesa se sentaban no menos de una docena de nobles y príncipes, acomodados en asientos de alabastro cubiertos de exóticas pieles. Solo un asiento permanecía vacío, uno a la diestra del gran trono negro que dominaba, ominoso, la habitación; aquel que correspondía a Morathi, la madre del tirano de esa tierra corrompida. Y si los rumores eran ciertos, también su amante.
- También está ese asunto del ejército fantasma, ¿o acaso se trata de otra… insignificancia? – Inquirió el joven.
De pronto, como un negro relámpago que atravesase el cielo, el Señor Oscuro se incorporó.
- ¡¿QUÉ EJÉRCITO?! – El tronar de su voz cavernosa hizo temblar a todos los presentes, habituados a que su Rey asistiera impasible a las reuniones de la nobleza, aburrido ante sus disputas personales, sus lastimosas insidias. Algunos de ellos ni siquiera recordaban la última vez que había intervenido. Un anciano de cabello cano y armadura dorada se arrodilló frente a la siniestra figura.
- Veréis… Majestad, Oscura Magnificencia, Señor de Todo y de Todos…
- ¡¡Se llama Malekith, maldito bufón!!
En el gigantesco umbral del salón se erguía una figura desafiante, envuelta en un oscuro manto de viaje. Sus fríos ojos acerados se clavaban sin miedo alguno en el Rey Brujo de Naggaroth, entrecerrados en una delgada rendija.
- ¡¡¿Cómo osáis?!! ¡¡No podéis hablar así a vuestro Rey y Señor!! – El anciano druchii gritaba desaforado, babeando como un demente.
- No conozco más señor que Khaine… – Fue la sardónica respuesta del intruso.
- ¡¡Maldito insolente, moriréis!! – El furibundo elfo oscuro se abalanzó sobre el desconocido blandiendo su draich, el pesado espadón preferido por los verdugos de Har Ganeth. El golpe, terrible, desgarró carne y hendió la roca.
El rostro del noble mostraba rictus de dolor mientras se retorcía sobre un charco de sangre. Un acre olor a carne quemada surgía de la herida de este. La mirada de todos los presentes recorrió la figura del temible intruso; era un elfo de piel curtida, con el cabello níveo largo y descuidado, de porte elegante y templado, en actitud de perpetuo desafío. Su armadura parecía ser testigo mudo de cientos, miles de batallas.
El extranjero avanzó, mostrándose ahora completamente visible lejos del abrazo de la sombra; los atónitos espectadores contemplaron las adornadas hombreras de su blindaje, el magnífico guantelete de afiladas garras. Todo su ser parecía saturado de poder. Un paso más y el Rey Brujo le reconoció, dibujando una malvada sonrisa en su faz deforme.
- ¡La Serpiente Blanca! ¡Estabas muerto!... en Ulthuan…
- ¡¡Sí, traidor sin honra!! ¡Ulthuan!... me abandonasteis a mi suerte, pero sobreviví… y he vuelto…
- ¿Vienes a vengarte, Ariakhas? – La voz de Malekith no mostraba temor, ni siquiera inquietud o duda. El era el hijo de Aenarion, el más poderoso ser sobre la faz del mundo.
- ¡Jajajaja! – Ariakhas estalló en una sonora carcajada. - ¿Venganza?... lo perdí todo por seguirte, perdí más de lo que tu jamás has tenido, y ni un instante de consuelo queda para mí en esta vida… no, “mi señor”, he venido a proclamar mi regreso y a advertir a esta escoria que no se interponga en mi camino.
Nadie trató de detener al albino en su camino de regreso. Los reunidos permanecían atenazados, postrados sin poder moverse. Y el rostro de Malekith seguía esgrimiendo una sonrisa, un malévolo mohín de satisfacción. Sí, se dijo el Rey Brujo, esta vez los débiles Asur estaban irremediablemente perdidos.
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