Sulephet


El viento áspero soplaba fuerte aquel día. No hacia mucho que habían desembarcado, pero el calor era ya insoportable. Los gélidos, acostumbrados a las bajas temperaturas, respiraban a duras penas o se asfixiaban por el camino. Los guerreros empezaban a inquietarse, el desierto les parecía monótono, nunca llegaban a ningún sitio, parecía que estuvieran dando vueltas todo el rato.

-¡Eh! ¡Basura humana! ¿Estas seguro que es por aquí por donde se va al templo de Amon-Hassut?

-...sss...sss..Sí. –respondió el harapiento esclavo.

-¡SILENCIO! –grito Dranack- ¡Asiente con la cabeza o te la separare del resto de tu cuerpo! ¡Que no diga ni una palabra mas, o tendré que cortarle la lengua!

Dranack era un comandante cruel y severo, pero, a diferencia de la mayoría de los Druchii, el no lo hacia por placer, sino porque no tenia otra opción. Naggaroth vivía tiempos oscuros; tiempos de engaños y traiciones, de modo que al menor signo de debilidad, cualquiera de los que él creía camaradas podía apuñalarle por la espalda. Por eso, y por otras razones que no han lugar aquí, debía parecer firme.


Continuaron caminando un buen rato; los buitres, o algo que se les parecía, volaban sobre sus cabezas; creando enormes sombras aladas. Los guerreros no confiaban en el esclavo que los guiaba, aunque tampoco podían comprender como un simple humano era capaz de aguantar el asfixiante calor sin nada para beber:

-Señor, -dijo un guerrero- esta seguro de que el humano nos lleva por el camino correcto?

-Espero, por su bien y por el de todos que así sea, soldado. –respondió Dranack.

-Los demás soldados creen que estamos caminando en círculos, mi señor.

-Este lugar es tan desconocido para mi como para vosotros, tranquilizaos; y que el desierto no os haga enloquecer. Este humano, por repugnante que nos parezca a todos, es el único que puede llevarnos hasta lo que buscamos. Ahora pararemos a descansar, que esta anocheciendo.


Oscureció en poco tiempo, pero fue el suficiente para que los guerreros montaran las tiendas. Durante la cena, Dranack aprovechó para reunirse con los capitanes:


-¿Hay noticias de Seraph y sus hombres?


-Ninguna, y ya hace día y medio que partieron. –contesto uno de sus capitanes.


-Kuyash, -dijo Dranack- tu y tus hombres haréis la guardia esta noche. Si desaparecéis como los demás no enviare a nadie a buscaros, ya he perdido a demasiados hombres.


-De acuerdo. –contesto Kuyash.


Dranack habia enviado 4 grupos de soldados en total, algunos de exploración, otros de vigilancia, y todos habian desaparecido misteriosamente; como si se los hubiera tragado la arena, y ciertamente, era lo unico que habia en muchos kilómetros a la redonda. El general sabia de alguna forma u otra lo que ocurriria la mañana siguiente.


Se despertó con un grito de la tienda de al lado. Cuando salió de su tienda, pudo comprobar lo que ya temia, Kuyash y sus hombres habían desaparecido, tragados por la tierra. Pero cuando entro en la otra tienda fue cuando realmente empezó a temerse lo peor. Cinco de sus soldados habían sido devorados por una cucarachas negra que se movían muy deprisa. Las caras de los muertos eran tan horripilantes que muchos de los que estaban mirando tendrían pesadillas con ellas eternamente.


Dranack ordenó que cubrieran los cuerpos con arena y recogieran las tiendas cuanto antes, pues iban a partir lo mas rápido posible.


Caminaron durante un largo rato, hasta que ante ellos, en la lejanía, pudieron vislumbrar un monolito enorme con unas antiguas inscripciones grabadas sobre la piedra. Dranack ordenó al esclavo que tradujese las inscripciones, pero cuando este termino de leerlas el suelo empezo a temblar. De repente manos y brazos de esqueletos salieron de la arena, agarrando las piernas de los Druchii. Estos a su vez trataban en vano de separarse de ellas con sus espadas o lanzas, porque cada uno que mataban otros tres esqueletos salian de la arena y se agarraban a los elfos oscuros. Incluso los mas agiles guerreros perecieron aquel dia a manos de aquellas hordas de cráneos y huesos. Un solo superviviente consiguió salvar su vida, y misteriosamente sin un solo rasguño.


El esclavo volvió a leer en alto aquella antigua inscripción, pero esta vez su voz sono mas profunda y terrorífica:

En las arenas del desierto
Bajo la palida luz de la luna
Los muertos caminan.
La maldición de Amon-Hassut
Caerá sobre todo aquel
Que camine sobre ellas.
El que incumpla estas palabras
Estará condenado a dormir bajo las arenas
Para toda la eternidad.

Con una mano dibujo un símbolo en el aire haciendo aparecer su forma real, un sacerdote funerario mucho mas maligno que el esclavo que era antes. Y dijo:

-¡Soy el protector de Amon-Hassut y de su templo, y mientras lo siga siendo nadie podra adentrarse en él!

Y con una risa oscura desapareció en las arenas del desierto.